No recuerdo quién fue el primero en señalar un error.
Quizá fue un profesor corrigiendo un examen.
Quizá un jefe devolviendo un trabajo lleno de marcas rojas.
Quizá alguien diciendo aquello de «así no se hace».
Lo que sí recuerdo es que, desde muy pequeños, aprendimos algo bastante curioso.
Que equivocarse era un problema.
No una posibilidad.
No un dato.
No una pista.
Un problema.
Y, sin darnos cuenta, empezamos a vivir intentando evitarlo.
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Hay una escena que siempre me llama la atención.
Un niño dibuja un caballo con seis patas.
Nadie le pregunta por qué.
Nadie siente curiosidad por entender qué estaba intentando representar.
La conversación dura exactamente tres segundos.
—Los caballos no tienen seis patas.
Fin.
El dibujo ya no importa.
La idea tampoco.
Lo único importante es que alguien señaló el error.
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Con los años ocurre algo todavía más extraño.
Dejamos de dibujar caballos con seis patas.
Pero no porque hayamos aprendido anatomía.
Dejamos de hacerlo porque aprendimos a anticipar el juicio.
Y esa diferencia cambia todo.
Porque el miedo rara vez es al error.
El miedo es a la mirada del otro.
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Quizá por eso el mundo de la comunicación se parece cada vez más a una enorme fábrica de respuestas correctas.
Todos utilizamos las mismas estructuras.
Los mismos titulares.
Los mismos ganchos.
Los mismos carruseles.
Las mismas palabras.
Como si existiera una única manera correcta de comunicar.
Y, cuando alguien hace algo diferente, la primera reacción suele ser la misma.
«Eso no funciona.»
Lo curioso es que casi nadie pregunta si alguien lo intentó.
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Trabajando durante años en comunicación estratégica he descubierto algo que no aparece en ningún manual de marketing digital.
Los errores también generan información.
A veces, mucha más que los aciertos.
Un titular que no consigue captar atención.
Una campaña que pasa desapercibida.
Un mensaje que nadie entiende.
Todo eso suele vivirse como un fracaso.
Pero, en realidad, es otra cosa.
Es una conversación.
La audiencia está respondiendo.
Nos está diciendo dónde no estaba el problema.
Y, sobre todo, dónde sí estaba.
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Quizá la creatividad nunca consistió en acertar.
Quizá consistía en desarrollar la paciencia suficiente para escuchar lo que ocurre cuando uno se equivoca.
Porque cada error reduce el territorio de lo imposible.
Y amplía un poco el mapa de lo que todavía no entendemos.
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Hay una frase que siempre me resulta incómoda.
«Hay que evitar los errores.»
No estoy tan seguro.
Hay errores evitables.
Claro.
Pero hay otros que son el precio inevitable de investigar.
De probar.
De explorar.
De hacer preguntas que todavía no tienen respuesta.
Sin esos errores no existiría la innovación.
Solo existiría la repetición.
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Tal vez por eso me gusta pensar la comunicación como un oficio.
No como una disciplina obsesionada con tener razón.
Sino como un lugar donde observar.
Donde ajustar.
Donde volver a intentar.
En un estudio de comunicación estratégica no trabajamos para demostrar que siempre acertamos.
Trabajamos para entender mejor.
A las personas.
A las marcas.
A las conversaciones que todavía no existen.
Porque comunicar es aprender a mirar.
Y mirar exige aceptar una verdad bastante incómoda.
Que muchas veces el error no aparece para frenarnos.
Aparece para mostrarnos un camino que todavía no habíamos visto.
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No encontré una mejor manera de cerrar este texto que con una ilustración de René Merino.
Creo que dice, con mucha más delicadeza, todo lo que intenté contar hasta aquí.
Ilustración: René Merino.